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Estar sano es un lujo. Tenemos muy presente la sanidad y más en los tiempos de la crisis tan prolongada que vivimos. No es para menos teniendo en cuenta las nefastas consecuencias a raíz de la pandemia que nos azota todavía. La salud es de lo más valorado en nuestro ranking de cosas importantes, especialmente cuando nos sentimos ausentes de ella. La falta de salud nos recuerda nuestra vulnerabilidad y hasta provoca que nos activemos en oración buscando al Sanador por excelencia.

Todos queremos tener sanidad, pero a menudo nuestros límites físicos y no físicos nos recuerdan nuestra condición humana. Somos frágiles y lo sabemos. Lo que también es cierto es que cada uno utiliza herramientas diferentes para combatir el paso del tiempo por nuestro organismo. Hoy se experimenta un auge por “lo natural” que también es “lo más sano”. De alguna forma, se ha instalado el pensamiento de que nos conviene buscar todo lo que tenga la etiqueta de “saludable”, “cien por cien efectivo”, “multivitamínico”, “antiedad”, etc. Todo el mundo tiene interés por sentirse bien tanto por fuera como por dentro. En esto precisamente La Biblia tiene mucho que decir ya que la sanidad verdadera se encuentra en el Evangelio que nos regenera, nos vivifica y nos salva.

Decía Pablo a Timoteo que debía retener “el modelo de las sanas palabras” (2 Timoteo 1:13) y mediante el Espíritu que habita en el creyente esto es posible, aunque vivamos los mismos padecimientos, límites y aflicciones que el resto de la gente. El creyente se diferencia porque cuenta con las palabras del Evangelio de Jesús: Palabras de vida eterna y únicas, palabras que nos llegan hasta el alma de forma personal, palabras transformadoras que nos hacen cambiar costumbres y remueven nuestra conciencia.

Esas palabras del Evangelio nos traen la sanidad que anhelamos, teniendo efecto desde dentro de nuestro ser, para verse reflejado finalmente de forma exterior. Dice Proverbios 15:13 que “el corazón contento mejora el semblante, y el corazón triste deprime el ánimo”. Las palabras son sanas cuando vienen de Dios y llenan nuestro corazón de vida, paz, descanso y confianza. Por tanto, las sanas palabras del Evangelio deben permanecer en nuestro corazón a pesar del paso del tiempo. Y si salen de nosotros, debería ser para trasmitirlas a otras personas ya que tener sanidad, en todos los sentidos, es un auténtico lujo.

Pastor Rubén Gramaje.

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